Paz y Blas

Con los primeros rayos del sábado caldeando el salón, Sara trepó al sofá y apretó el cuadrado rojo. Álvaro, agitando inquieto sus bracitos en el suelo, rodeado de migas de pan, irguió la cabeza con esfuerzo y vio cómo algo se iluminaba en la pared. Un gato armado con una escopeta de dos cañones perseguía a un ratón a través de un desierto, un océano plagado de delfines, un rascacielos, una casa. Los hermanos se contagiaron la risa. Tras intentar escapar por la escalera de incendios, el felino lo acorraló en el alféizar, con los cañones asomando por la ventana. Álvaro golpeó el suelo con sus manitas, uh, uh, uh, y Sara gesticuló hacia el ratón como diciéndole salta, ven a mis manos, nosotros te protegemos del malvado cazador. Él miró los cañones en la ventana, miró a Sara, miró los cañones y con un ligero destello saltó del alféizar de la ventana a la alfombra de juegos en medio del salón, rodando grácil hasta los brazos de ella, que cayó hacia atrás con el roedor en sus manos. Álvaro aplaudió la acrobacia y su hermana le sonrió. El animalillo correteó de las manos a los brazos, a los hombros, reptó a su cabeza y desde allí saltó a esconderse en la maceta de anturios secos. El gato ya estaba en el alféizar y hacía equilibrios para no caerse mientras dudaba si saltar tras el rastro del ratón o dar el capítulo por concluido, esto es todo, amigos. Sara se chupó el pulgar para no mirar hacia los ojillos que asomaban tras la maceta, pero el polvo del suelo hizo estornudar a Álvaro, que asustó al ratón, que dio un respingo y reveló su escondrijo. Los ojos del gato se inyectaron en sangre, cargó la escopeta, cogió impulso y saltó hacia ellos justo cuando Sara volvió a pulsar el cuadrado rojo, haciendo que el gato chocase contra un muro negro y cayese al vacío junto a su ruidosa escopeta. Ella saltó y gritó de júbilo tirando el mando al suelo al ver la sonrisa de agradecimiento que le regaló el ratoncillo. A continuación salió de la maceta, corrió en círculos sobre la tripita de Álvaro haciéndole cosquillas, cogió un pedazo de pan seco del suelo con su hocico y salió disparado hacia la ventana abierta al patio interior.

La cola del roedor acababa de desaparecer tras el cristal entre las bragas tendidas cuando se escuchó la cadena del váter y los niños vieron mudos cómo la silueta de su padre arrastraba los pies hacia la cocina. Eructó como Álvaro tras sus biberones de leche de fórmula. Puso la cafetera y encendió el último cigarrillo que quedaba en la cajetilla que sujetaba con la goma de sus calzoncillos.

—El niño ha vuelto a vomitar —gritó Blas al ver un rastro seco, blanquecino en los labios, y se sentó junto a un cenicero.

—Joder, límpialo tú, coño, yo estoy buscando un puto paracetamol —espetó Paz desde el baño.

Cogió un trapo de la encimera, puso a Álvaro de lado, tiró algo de ceniza sobre el vómito al toser con el cigarro en la boca, frotó el regurgitado sobre los azulejos del salón y lo volvió a tumbar boca arriba. Dibujó una sonrisa en la comisura derecha y le hizo una carantoña en la nariz a su campeón. El pequeño no se inmutó.

—¿Tú qué miras?

Sara estaba sentada frente al sofá de cara a ellos, seria, junto al mando, las pilas y la tapa.

—Joder, ¿ya lo has roto?

Se sentó, metió las pilas sin poner la tapa y él también pulsó el cuadrado rojo. Cambió de canal hasta encontrar un programa sobre cómo los extraterrestres habían ayudado a construir las pirámides. Ella, todavía en el suelo, abrazó su peluda pierna y comenzó a llorar.

Paz entró al salón dejando un yogur con una cuchara y una tostada fría para Sara en una mesita rosa llena de pegatinas de flores. Tras recostarse en el chaise longue puso a Álvaro a mamar de su pecho desnudo, exagerando una mueca de repugnancia al cogerlo por las nalgas.

—Ponme un café al menos, ya que no le has cambiado el pañal.

Blas terminó el cigarrillo y dejó su café a medias. Sara consiguió que casi toda la tostada terminase en su boca, y que casi nada del yogur terminase en su cara. Paz se quedó dormida mientras Álvaro seguía mamando y su taza se enfrió junto a los restos del desayuno de la niña.

Álvaro dormitaba con un pañal nuevo en el suelo del salón mientras Blas se documentaba sobre las pistas de aterrizaje para ovnis en Nazca. Paz llenó una nevera de plástico azul con pan de molde, choped en lonchas, latas de cerveza normales y doble malta, un biberón de leche, otro de agua y galletas. Al levantarla sintió el peso de sus dos hijos y la hipoteca. Sara la siguió tambaleante hasta el dormitorio, donde se ponía un bikini descolorido y un pareo de propaganda de crema solar. Ella la levantó, le dio un beso y le dijo que antes de que ella llegase le quedaba mucho mejor.

Encajaron al pequeño en la silla para bebés del asiento trasero y encendieron una pantalla en el cogote de Blas, donde Sara vio aparecer un barco de papel surcando el océano. La embarcación hecha de anuncios clasificados iba capitaneada por una marinerita pelirroja con un catalejo dorado, un parche de pirata y un loro verde y amarillo. Sara le saludó con la mano, y la capitana la vio y le devolvió el gesto desde la proa. Le dijo que viajaba hacia Isla Tortuga en busca de su abuela, y que necesitaba unos brazos fuertes como los suyos. Si quería unirse a su aventura tenía hueco en un camarote y comida para una semana. Sara se agitó en la silla mirando sus bíceps, riendo y diciéndole que sí, que se iría con ella, pero el cinturón de seguridad, aunque le quedaba grande, le impidió llegar hasta la pantalla. Cuando Paz le gritó para que se calmase desde el asiento del copiloto parte de la ceniza de su cigarro cayó sobre su pierna desnuda, lo cual la enfureció, haciendo que le amenazase con quitarle la película. Sara paró, calló y se reprimió una lágrima, no quería que la capitana pensase que era una debilucha. Ella vio sus ataduras, puso un pergamino en el pico de su loro, y le pidió que por favor volase hasta ella. Silencioso, sin que Paz ni Blas lo oyesen, sin despertar a Álvaro, el pájaro voló hasta el regazo de Sara y dejó caer el pergamino. Sin detenerse, emprendió el vuelo de vuelta al barco de papel, que comenzaba a desvanecerse en el horizonte perfilando la inevitable silueta en el sol al atardecer. Sara desplegó la misiva, un mapa a Isla Tortuga. Todavía tuvo tiempo la capitana de decirle que la buscase cuando se escapase, y levantando su parche le guiñó el ojo. Cuando se iban a decir hasta la vista Paz apagó la película y la manita de Sara se dibujó en la pantalla negra haciendo arcos de despedida.

Álvaro rebozó su desnudez en la arena tres, cinco, mil veces antes de que Paz se diese por vencida sobre mantenerlo quieto bajo la sombrilla mientras ella tomaba el sol. Sara construyó un gigantesco castillo para su pony, su dragón y todas sus amigas de la guardería, con un foso fuera donde dejar a las niñas tontas que se metían con ella. Blas sesteaba con el ojo entreabierto para vigilar al resto de mujeres que paseaban sus bikinis por allí.

Cuando se terminaron las latas de cerveza, dejaron atrás los restos de la merienda y se subieron al coche. La pantalla permaneció negra a pesar de las quejas, saltos y lloros de Sara, que tocaba el pergamino en el bolso de su peto vaquero junto a un caramelo a medio chupar. Para cuando Álvaro iba a unirse a las quejas de su hermana, se detuvieron en un restaurante con un gran cartel de “Vistas a la bahía” y “Happy hour de 8 a 9”. Que fuesen las 8 y 10 no era casual.

El local estaba casi vacío, y eligieron una mesa íntima en un rincón. Paz dijo que se parecía al bar en el que se conocieron. No era cierto, pero pidieron dos copas y se abrazaron como si lo fuese. Se miraron a los ojos, y se besaron, y sus manos buscaron sus prendas de baño, pero Sara comenzó a llorar porque ella no tenía historias en bares que recordar, y el biberón con agua era mucho menos divertido que sus combinados con ron y cola.

Paz se levantó y llevó a los niños dos mesas más allá, en el extremo, junto al mirador hacia la cala donde la brisa mitigaba el calor de agosto, con el faro al fondo comenzando a girar y las gaviotas acercándose a rapiñar las sobras que cayesen de las mesas. Después sacó su móvil, lo colocó entre las manos de la niña sentada y volvió a las caricias de Blas.

En la pantalla volvió a aparecer la capitana a los mandos del timón y le volvió a sonreír. El loro salió de su nido de anuncios de vendo casa y comenzó a girar alrededor de su cabeza tomando altura, subiendo, arriba, más y más arriba, alejándose del barco, que quedó solitario en medio del mar. Cuando no pudo volar más alto atravesó una última nube, salió de la pantalla y se posó en la cabeza de Álvaro. Al pájaro le siguieron unas primeras gotas que salpicaron sus caras, y tras ellas vino todo un mar que anegó la mesa, la silla, el carrito de Álvaro y los zapatos de Sara. Todo aquel agua, algas y peces fluyó hacia la colina, asustando a las gaviotas y filtrándose bajo la arena de la playa, abajo, hasta conectarse con el océano. Ella sacó el mapa de su peto, lo miró y vio el faro, vio la curva de la orilla, y vio el barquito de papel allá abajo. Estaban cerca de Isla Tortuga, el viaje estaba próximo a su fin. Al bajarse de la silla el agua le cubrió casi hasta las rodillas. El loro sacó a Álvaro de su capazo con el pico y lo dejó en sus brazos. Se asomó a la catarata que se había formado en la ladera y bajaba a la playa, ahora enterrada bajo el agua. A lo lejos la pelirroja capitana le decía que fuese con ella a buscar la isla, y les ofreció dos parches de pirata, uno para cada uno. Les dijo que su abuela les encantaría. Cuando saltó, Sara pensó que ójala le dejase llevar el timón, al menos un rato.